INCANSABLE INVESTIGADOR Y PROMOTOR DEL IDIOMA Y LA CULTURA, EL DR. DAVID FOSTER MARCÓ VIDAS Y CAMBIÓ DESTINOS

Un aparente gesto adusto que disimulaba su jovialidad, su gran sonrisa que al surgir contagiaba, su amabilidad y don de gentes, es la imagen que quedará imborrable en la memoria de quienes conocimos a David.

Por Manuel Murrieta Saldívar 

La madrugada del 25 de junio mi teléfono empezó a recibir llamadas incesantes desde distintos puntos del país de colegas con quienes estudié en Arizona State University (ASU). Ya de mañana, correos electrónicos y redes sociales ardían y confirmaban la fatídica noticia:  el fallecimiento en Phoenix del querido y admirado profesor David William Foster. Nos tomó por sorpresa, aunque sabíamos de su añeja enfermedad asmática, de su edad surcando los tardíos 70, pero también de seguido confirmábamos su fortaleza en la enseñanza y su participación continúa, tanto en USA, España o Argentina, en congresos y conferencias, siempre lúcido e incansable. Un ser así, imaginábamos, no puede morir tan de repente, y menos en un jueves cualquiera,  tan simple y cotidiano a pesar de la pandemia, un ser así, es más, no debe morir.  Pero fue inevitable: la memoria se activó, los recuerdos afloraron hasta la década de los noventas del siglo pasado cuando, felices, decenas de estudiantes nos graduábamos bajo la tutela del maestro a quien ahora recordábamos como un homenaje espontáneo.  Carlos Rivera, desde Nueva York, me despertó exaltado entre lágrimas rememorando el ambiente de debate y discusión que se generaba en las clases, sobre todo las de tema “queer” que Foster introdujo. 

El chicanista Manuel de Jesús Hernández, desde la misma Tempe, luego de confirmarme el deceso, destacó la pérdida para la chicanidad ya que el fallecido no sólo aprobaba la continuidad de los estudios chicanos, sino que además los defendía autorizando nuevas plazas y traduciendo obras al inglés como la afamada novela Peregrinos de Aztlán de Miguel Méndez. El doctor Jorge Valdivieso, desde Scottsdale, compañero de vida de la recordada y finada doctora Teresa Valdivieso, rememoró la amistad, solidaridad y fraternidad de académicos, sostenida durante décadas, los tres verdaderos pioneros de la enseñanza del español a nivel posgrado en Arizona.  Luis Soto, desde El Paso, Texas, me contó sobre su admiración a la autoridad de Foster en la teoría literaria, su prestigio en la intelectualidad norteamericana y latinoamericana.  Este tsunami de memorias, al mismo tiempo, se replicó en miles de amistades, profesores, especialistas que alguna vez escucharon las cátedras fosterianas tanto en USA, como en México, Brasil y Argentina cuyas culturas y literaturas fueron su especialidad, junto con el feminismo y la literatura gay, produciendo docenas de obras de análisis y de investigación.

En mi caso, ya contagiado por esa avalancha, me transporté hacia mis momentos claves con David Foster en Arizona: mi llegada a Tempe–la entonces para mí retadora ciudad universitaria–como estudiante de intercambio entre mi Universidad de Sonora y ASU en lo que él tuvo mucho que ver; sus primeras clases y revisiones a mis ensayos escolares; las posteriores propuestas para publicarlos o su invitación para participar en proyectos de gran envergadura, donde aún estamos incluidos, como la enorme antología Latin American Writers on Gay and Lesbian Themes: A Bio-Critical Sourcebook, donde me asignó reseñar la obra de Carlos Monsiváis.  Comprensible con mi trayectoria periodística traída desde México, facilitó mi vocación de no restringirme a la formalidad académica sino también a desarrollar la creatividad y el periodismo callejero que bullía en español en el Valle del Sol arizonense.  

Ante la tumultuosa reacción en las redes sociales, y haciendo un resumen de anécdotas, esculqué y encontré en mis archivos caseros distintas fotos que reactivarían a detalle mis remembranzas. Y, claro, me atrevería a compartirlas haciendo el recuento más cálido y explícito puesto que marcaban mi vida académica y personal. Así, encontré una donde estamos mirándonos frente a frente durante el primer simposio de marxismo y literatura en ASU, del cual mi maestro fue pionero a principios de los 1990. En otra, estamos parados y radiantes de gusto minutos después de que yo hiciera mi defensa de tesis de doctor en 1998, en la que Foster fue mi asesor y director. Ya más reciente, 2012, hay una que muestra nuestro encuentro en Madrid, España, recibiendo mi libro de crónicas sobre Estados Unidos, La gravedad de a distancia, que en parte él inspiró.  Al postearlas en mis redes se comprobó su influencia y prestigio: han sido de las más comentadas y obtenido cientos de reacciones de cariño y dolor desde distintos confines del continente.  

Hubo otras fotografías que no compartí para no saturar ni excederme, como aquella de la última vez que nos encontramos precisamente en su querida ASU.  Se trataba del homenaje a la autora chicana Margarita Cota Cárdenas,  organizado por el otro David que también ya se nos adelantó, el prolífico David Muñoz de quien recibí en aquel entonces, noviembre de 2016, una especial invitación para estar presente en el evento haciendo viaje especial desde California.  Foster, atento a las lecturas, escuchó la mía y en silencio afirmaba sí, sí, como simpatizando con la trama de mi historia sobre los avatares de un estudiante extranjero que supera el choque de migrar a USA. Sonrió, nos acercamos y nos dimos el abrazo, yo casi sospechando que sería el último y por eso se tornó en uno más fuerte, cálido y nostálgico sobre todo por estar rodeados de los auditorios y salones de clase donde transcurrí años de estudio y él décadas de enseñanza.  Como para despedirnos, le pregunté precisamente sobre sus cátedras, qué novedades, qué giros teóricos, cuándo las concluiría y me respondió con su frase lapidaria que de seguro repetía y tenía preparada:  “ya sabes que yo no me jubilo, a mi me sacan muerto de un salón de clases y con los pies por delante”. ¡Y me temo que lo cumplió! …

Por supuesto, no existen gráficas de otros momentos trascendentes porque no se pensó en ello, no hubo cámara o sucedieron como parte de la rutina sin darles la importancia que representaban. Por ejemplo, las varias veces que me becó y con lo cual pude obtener mis grados de maestría, de doctor y primeros puestos de “TA”, el cotizado y peleado puesto de “Teacher Assistant”.  Es por eso que yo lo acusaba, entre broma y en serio, de ser el culpable de que dejara México y se me abrieran las puertas en USA, como sé lo hizo con muchos. “Hey, miren, existen norteamericanos sensibles, solidarios y respetuosos de lo diferente, de lo moreno y mexicano”, repetía en mis regresos a casa.  En asuntos de vida personal, cierta ocasión fue contundente cuando le planteé una crisis de nostalgia y romance que ponía en riesgo mi continuidad como estudiante de posgrado.  A todas luces ya experimentado en estas lides, me energizó ahí en su propia oficina, mirándome recio y con el mejor consejo: “mira Manuel, te puedes encontrar otros amores, aquí o allá, yo solo te recuerdo que aquí hay otra beca para ti”.  Decidí ahí mismo continuar con los estudios, perder muchos amores en el sur y ganar otros nuevos en el norte, además de nuevos empleos, nuevos libros y nuevos viajes por el mundo hasta el presente de hoy.  

Y como ya lo describió Valdivieso en su telefonema, recibí también generosidad y solidaridad cuando patrocinó nuestros proyectos alternativos y estudiantiles como lo hizo con otros, grupos de teatro, simposios, visitas de escritores de fama, clases extras de verano. Llegó al extremo de permitirme ausencias de semanas, bajo la promesa de recuperar lo perdido a mi regreso, para asuntos urgentes de paisanos en problemas legales o tramitar documentos relacionados con mi licenciatura en Sonora.  Destaco especialmente sus donativos para nuestra humilde y sencilla publicación estudiantil, Culturadoor, que fundé junto con estudiantes mexicanos, chicanos y latinos de nuestro departamento de lenguas.  Su mecenazgo no solo fue económico—¡hasta adquirió suscripciones que las regalaba a otros lectores!–sino motivacional pues colaboró con sendos artículos exclusivos para nosotros dando prestigio a nuestra incipiente publicación. 

Ya graduados y con mayor madurez, Culturadoor creció y se consolidó como uno de los primeros portales electrónicos de literatura y periodismo cultural en español y de temas migrantes, chicanos, latinos en el suroeste norteamericano. En esta modalidad, Foster volvió a colaborar con un magnífico ensayo titulado “A Vanishing Phoenix Chicano Barrio”, que aún se conserva en este enlace: http://www.culturadoor.com/?p=4516.  Es un extenso documento, que incluye fotografías tomadas por él mismo, sobre la desaparición de los barrios chicanos, mexicanos, muestra de que nuestro maestro miraba hacia México y Sudamérica, pero nunca olvidó la chicanidad de su ciudad, de su querida Phoenix, de la “finiquera” en donde habitó, en el mero downtown, la mayor parte de su vida. 

No sorprende entonces que, por esta convivencia, aflorara entre nosotros una relación más allá del trato alumno-maestro. Hubo visitas a su maravillosa residencia, propuestas de trabajo en Phoenix College, nombrarme su asistente personal por una temporada, cartas de recomendación para puestos definitivos—como el que ejerzo hoy en California State Univ– y hasta invitaciones a su cueva de trabajo, un sofisticado departamento instalado en la parte alta de un edificio del downtown Phoenix. Era uno de sus lugares favoritos de lectura y escritura, como lo confirmé la única vez que lo visité, un piso tapizado de libros, escritorio para computadora, ventanales al cielo y sendas botellas de vino.

Así, consolidada cierta amistad, y conociendo él las costumbres de la etiqueta mexicana, me propuso que no le hablara de “Usted” en repetidos diálogos.  Insitía: “somos amigos Manuel, me puedes tutear, llámame David”. Sin embargo, a pesar de intentarlo varias veces, a fin de que se arraigara de manera natural mi forma de abordarlo, nunca lo logré y por ende me atreví a explicarle: ”Lo siento profesor, no me sale, ¡siempre será usted para mí el doctor Foster!”.  En efecto, no lo pude tutear en definitiva porque me ganó el respeto a su sabiduría, a su influencia y poder intelectual y a hasta su disciplina de la cual también aprendí. Sí, siempre será Usted el Dr. Foster, el maestro, el ser que moldeó parte de mi vida intelectual, que cambió mi destino, un ser que nunca se olvida al quedar incrustado en nuestra mente y corazón, que acaba en eso que llamamos posteridad…o quizá eternidad… 

Tomado de: «Peregrinos y sus letras»